En la primer jornada de carnaval los riverplatenses festejamos con desahogada, aunque moderada, alegría el regreso a la ilusión tal como narra Jesi Verbner en el blog Lugar de River: Y vaya si son tres puntos importantes. En lo deportivo, sirven y mucho para seguir sumando y liderando la tabla de posiciones en un torneo largo, duro y sumamente competitivo. Y en lo anímico, es una victoria que da un poco más de aire a un equipo al que se le intenta encontrar conflictos donde muchas veces, no los hay.
Es que ayer los riverplatenses vivimos una jornada de Sangre, sudor y fútbol tal como la denomina Facundo Adamoli en la web Solo River tal como a continuación reproducimos.
Conmovió River. La victoria fue festejada no por el calibre del rival, sino por la circunstancia en la cual se ganó. Fue una prueba de temperamento, de temple, fue aquella “materia” que River venía debiendo desde hace tiempo: psicología. La energía y el temperamento canalizado en discusiones mediáticas, se tradujo en el campo de juego, y así, River aplastó 3 a 9 a Independiente de Mendoza, por la fecha 21 del Nacional.
La sorpresiva expulsión de Sanchez, parecía derrumbar todas las esperanzas de poder conseguir los tres puntos en casa. River venía de dos partidos en donde no había mostrado firmeza ni entereza anímica como para justificar de antemano, que los tres puntos quedarían en el Monumental. Sin embargo, la expulsión del uruguayo, una pieza clave en el equipo, le tocó el orgullo tanto a los jugadores como a la hinchada.
El aliento de las casi 60 mil personas, pareció encender en cada jugador millonario, una sed de victoria nunca antes vista. Con uno menos, los jugadores comenzaron a mostrarse en la cancha y a mostrarse proactivos dentro del campo.
El sobresaliente juego colectivo, se explica por la suma de cada parte. Ocampos: con un nivel altísimo, volvió loco al cuatro de Independiente de Mendoza. El juvenil hizo gala de caños y lujos productivos que aportaron muchísimo en ataque. Lucas le devolvió esa sonrisa que se enciende en cada hincha gustoso del buen fútbol y de paladar negro. Ponzio: por lejos, su mejor partido en River. Criterioso para manejar la pelota, sacrificado para la marca, y hasta por momentos, se convirtió en conductor del equipo cuando salió el Chori Domínguez: Otra de las grandes figuras. Encarador e inteligente para la distribución del juego. Cavenaghi: el gran 9, con un excelente juego de espaldas al arco y sagaz para asociarse con los demás jugadores buscando siempre la pared. Tampoco se puede dejar de mencionar la actuación del resto del equipo, que tuvo un rendimiento superlativo en comparación con partidos anteriores.
Almeyda también merece llevarse parte del crédito ya que acertó en los cambios: la entrada de Aguirre para frenar los embates de Independiente, que en el segundo tiempo, complicó más de la cuenta al millonario. Villalva que otra vez entró encendido y provocó la expulsión del arquero rival. Trezeguet, otro que vino con hambre de gloria, y con un cabezazo, metió el 3-0, poniendole el moño a una noche que invita a ilusionarse.
River jugó con el alma. River se sintió tocado por la expulsión y explotó: el equipo habló, sí, pero en la cancha. El gran mérito, como mencioné antes, fue el coraje demostrado en cuanto al juego, en inferioridad numérica. Por eso River conmovió. En otras ocasiones, la expulsión hubiese significado el derrumbe psicológico del equipo. Es por eso que es tan valiosa esta victoria. Después de partidos como este, el mayor desafío de River es superarse y repetir actuaciones como esta para confirmar que esto no fue casualidad. Son sólo tres puntos que valen mucho, pero vale aún más, el buen juego exhibido. River ganó con sangre, sudor, pero también con lo que más importa: fútbol.
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