Borrón y cuenta nueva
por Facundo Adamoli
Los aplausos del final cierran una Era. El aliento del final y el reconocimiento a estos jugadores, deben entenderse dentro de un contexto. Ese contexto es que River pasó de la ruina a la cima del mundo en dos años maravillosos.
No debe entenderse este final, como una forma de negar la realidad. A River no le alcanzó porque se acordó tarde de jugar, porque en definitiva, todo lo que se hizo mal anteriormente, no pudo ser tapado por unos buenos 90 minutos.
River quedó afuera de La Copa tras ganar 1 a 0 ante Independiente del Valle por los octavos de final de la Copa Libertadores. El 1 a 0 de local, no sirvió para revertir el 0–2 en la ida.
Esta caída duele pero también ayuda. Ayuda porque en definitiva, sirve para derribar frases hechas que muy mal le hacían a la realidad actual.
Muchos hinchas se escudaron, a pesar del mal presente del equipo, bajo una mística sin sustento. Fue una suerte de inercia lo que selló el destino de este equipo. Pareciera ser que en el encuentro pesaron todos los partidos anteriores jugados en el semestre.
Es decir, a pesar de que River tuvo una reacción futbolística encomiable, la fortuna y las malas decisiones en los metros finales fueron los verdugos de este equipo.
Ya había sucedido en la época dulce: cuando las cosas van bien, los palos y las divididas casi siempre son a favor. Justamente, esto se vino dando de forma inversa en este último año.
Porque si bien este equipo nunca tuvo argumentos como para merecer algo desde lo futbolístico, hay que admitir que la pelota fue un tanto caprichosa a la hora de cruzar la línea de gol.
River arrolló a Independiente del Valle durante los 90 minutos, pero no tuvo contundencia adelante por varios motivos (cada uno igual de importante que el otro).
Ya había sucedido en la época dulce: cuando las cosas van bien, los palos y las divididas casi siempre son a favor. Justamente, esto se vino dando de forma inversa en este último año.
Porque si bien este equipo nunca tuvo argumentos como para merecer algo desde lo futbolístico, hay que admitir que la pelota fue un tanto caprichosa a la hora de cruzar la línea de gol.
River arrolló a Independiente del Valle durante los 90 minutos, pero no tuvo contundencia adelante por varios motivos (cada uno igual de importante que el otro).
En primer lugar, el arquero rival tuvo un desempeño que probablemente no vuelva a tener en su carrera profesional.
En segundo lugar, el azar jugó un papel imparcial: la pelota nunca quiso ir hacia la red cada vez que tocó los palos.
En tercer lugar, River atacó bien pero sin la frialdad para lograr vulnerar a una defensa que prácticamente vivió bajo los tres palos.
Por último, dimos ventajas al dejar afuera desde el comienzo al siempre efectivo juvenil Lucas Alario.
Los aplausos son válidos pero no por este gran esfuerzo exhibido en cancha puede borrarse la floja tarea durante parte del 2015 y todo el 2016. Gallardo notó una rebeldía y confió en este equipo, pero el peso del pasado fue demasiado como para revertir la marea de errores. Fue inevitable.
Borrón y cuenta nueva. Caídos los mitos y frases hechas de este equipo multicampeón, es hora de analizar el presente de este equipo con profundidad y evitando los extremismos.
¿Qué errores tuvo esta dirigencia? Probablemente no haber sabido afrontar el recambio de jugadores luego de la era de éxitos: terminada esa etapa, solo se dedicaron al Marketing.
¿Y los jugadores? Tal vez olvidar que este club exige pelear siempre y ganar todo. Los recreos no existen. Las idolatrías son transitorias si no se respalda con buenos rendimientos todos los partidos.
¿Y Gallardo? También tiene su cuota de culpa, encaprichándose con jugadores que nunca rindieron o trayendo refuerzos que nunca estuvieron a la altura.
Gallardo debe ser el técnico de River en esta nueva etapa. Debe ser él quién refunde este equipo y debe ser él quien extienda los límites del imperio. Porque a diferencia de otros clubes, la lógica no es desechar ídolos cuando la cosas no salen.
Y es indiscutible que el Muñeco merece otra oportunidad.
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